jueves, 3 de abril de 2008

ALEXANDER BERKMAN. El ABC del comunismo libertario. Cap. XXII. ¿Funcionará en anarquismo comunista?

«Dijiste que la anarquía asegurará la igualdad económica», anota tu amigo. «¿Significa eso una paga igual para todos?»
Ciertamente. O, lo que viene a ser lo mismo, la participación igual en el bienestar público. Porque, como ya sabemos, el trabajo es social. Nadie puede crear algo por sí mismo, por sus propios esfuerzos. Ahora bien, en ese caso, si el trabajo es social, es razonable que los resultados de él, la riqueza producida, tienen que ser también sociales, pertenecen a la colectividad. Por consiguiente, nadie puede con justicia pretender la propiedad exclusiva de la riqueza social. Tienen que disfrutarla todos igualmente.

«¿Pero por qué no dar a cada uno de acuerdo con el valor de su trabajo?», preguntas.

Porque no existe modo alguno de medir ese valor: Es esa la diferencia entre valor y precio. El valor es lo que vale una cosa, mientras que el precio es aquello en lo que puede ser vendido o comprado en el mercado. Nadie puede decir realmente lo que vale una cosa. Los economistas pretenden por lo general que el valor de una mercancía, es la cantidad de trabajo que se requiere para producirla, la cantidad de «trabajo socialmente necesario», como dice Marx. Pero evidentemente no es una pauta justa de medición. Supón que el carpintero trabajó durante tres horas para hacer una silla de cocina, mientras que el cirujano empleó media hora para realizar una operación que salvó tu vida. Si la cantidad de trabajo usado determina el valor, entonces la silla vale más que tu vida. Un absurdo obvio, por supuesto. Incluso si contaras los años de estudio y práctica que necesitó el cirujano para hacerle capaz de realizar la operación, ¿cómo vas a decidir lo que vale «una hora de operación»? también el carpintero y el albañil tienen que ser adiestrados antes de que puedan hacer su trabajo adecuadamente, pero tú no calculas esos años de aprendizaje cuando los contratas para algún trabajo. Además, también hay que considerar la habilidad y aptitud particulares que debe ejercer en sus trabajos cada obrero, escritor, artista o médico. Eso en un factor puramente individual, personal. ¿Cómo vas a calcular su valor?

Esa es la razón por la que no se puede determinar el valor. La misma cosa puede valer mucho para una persona, mientras que no vale nada o vale muy poco para otra. Puede valer mucho o poco incluso para la misma persona, en épocas diferentes. Un diamante, una pintura o un libro puede valer una gran cantidad para un hombre y valer muy poco para otro. Un panecillo será muy valioso para ti cuando estás hambriento y mucho menos cuando no lo estás. Por consiguiente, el valor real de una cosa no puede ser establecido; es una cantidad desconocida.

Pero el precio se puede descubrir fácilmente. Si hay cinco panecillos a disposición y diez personas que desean un panecillo cada una, el precio del pan se elevará. Si hay diez panecillos y tan sólo cinco compradores, entonces el precio descenderá. El precio depende de la oferta y la demanda.

El intercambio de mercancías mediante los precios conduce a la realización de ganancias, a aprovecharse y a la explotación; en una palabra, conduce a alguna forma de capitalismo. Si suprimes las ganancias, no puedes tener ningún sistema de precios ni sistema alguno de salarios o pago. Eso significa que el intercambio tiene que ser de acuerdo con el valor. Pero como el valor es incierto o no averiguable, el intercambio debe, consecuentemente, ser libre, sin un valor «igual», puesto que algo así no existe. En otras palabras, el trabajo y sus productos tienen que ser intercambiados sin precio, sin ganancia, libremente, de acuerdo con la necesidad. Esto conduce lógicamente a la propiedad en común y al uso colectivo. Lo cual es un sistema razonable, justo y equitativo, y es conocido como comunismo.

«¿Pero esto supone entonces que todos participarán por igual?», preguntas. «¿El hombre de inteligencia y el de pocas luces, el eficiente y el ineficiente, todos los mismos? ¿No habrá distinción alguna, ningún reconocimiento especial para los que tengan una habilidad?»

Permíteme, a su vez, que te pregunte amigo mío, si debemos castigar al hombre al que la naturaleza no ha dotado tan generosamente como a su vecino más fuerte y más inteligente. ¿Añadiremos injusticia a la desventaja que ha puesto en él la naturaleza? Todo lo que podemos esperar razonablemente de cualquier hombre es que lo haga lo mejor posible; ¿puede hacerlo alguien más? y si eso mejor de John no es tan bueno como lo de su hermano Jim, es debido a su infortunio, pero en modo alguno se debe a una falta que tenga que ser castigada.

No hay nada más peligroso que la discriminación. El momento en que comienzas a discriminar contra el menos capaz, estableces condiciones que engendran el descontento y el resentimiento; invitas a la envidia, la discordia y la contienda. Pensarías que es brutal negarle al menos capaz el aire o el agua que necesita. ¿No se debe aplicar el mismo principio a las otras necesidades del hombre? Después de todo, la cuestión del alimento, vestido y cobijo son los apartados más pequeños en la economía del mundo.

El modo más seguro de que uno lo haga de la mejor manera no es mediante la discriminación contra él, sino tratándolo en un mismo pie de igualdad con los otros. Este es el incentivo y el estímulo más efectivo. Es justo y es humano.

«¿Pero qué harás con el vago, con el hombre que no desea trabajar?», pregunta tu amigo.

Esta es una cuestión interesante, y probablemente te quedarás muy sorprendido cuando diga que no existe realmente una cosa así como la pereza. Lo que denominamos un perezoso es por lo general un hombre cuadrado en un agujero redondo. Es decir, el hombre adecuado en el lugar inadecuado. Y siempre encontrarás que, cuando un individuo está en el lugar inadecuado, será ineficiente o indolente. Pues la denominada pereza y una buena parte de la ineficiencia son meramente incapacidad, inadaptación. Si te obligan a hacer lo que no eres capaz de hacer por tus inclinaciones o temperamento, serás ineficiente en eso; si te fuerzan a realizar un trabajo en el que no estás interesado, serás perezoso en él.

Todo el que haya dirigido negocios en los que estén empleados grandes cantidades de hombres podrá verificar esto. La vida en la cárcel es una prueba particularmente convincente de la verdad de esto; y, después de todo, la existencia actual para la mayoría de la gente no es sino una gran cárcel. Cada guardia de prisión te dirá que los presos a los que se les pone tareas para las que no tienen capacidad o interés son siempre perezosos y están sujetos a un castigo continuo. Pero en cuanto que se les asigna a estos «convictos refractarios» un trabajo que atrae sus inclinaciones, se convierten en «hombres modelos», como los denominan los carceleros.

[...]

Esa es la naturaleza humana: la eficiencia en una determinada dirección significa inclinación y capacidad para ella; la laboriosidad y la aplicación significa interés. Por eso existe tanta ineficiencia y pereza en el mundo actual. Pues, ¿quién se encuentra actualmente en su lugar correcto? ¿Quién trabaja en lo que realmente le agrada y en lo que está interesado?

Bajo las condiciones actuales se le ofrece poca elección al hombre medio para entregarse a las tareas que estimulan sus inclinaciones y preferencias. La casualidad de tu nacimiento y la posición social predetermina tu oficio o profesión. El hijo de un financiero no se convierte, por regla general, en un leñador, aunque él pueda estar más capacitado para manejar leños que cuentas bancarias. Las clases medias envían a sus hijos a los colegios universitarios que los convierten en doctores, abogados o ingenieros. Pero si tus padres fueran obreros que no se pudieran permitir que estudiases, las posibilidades son que cogerías cualquier trabajo que te ofrecieran o entrarías en algún oficio que pudiera proporcionarte un aprendizaje. Tu situación particular decidirá tu trabajo o profesión, no tus preferencias, inclinaciones o habilidades naturales. ¿Es extraño, entonces, que la mayoría de la gente, la mayoría aplastante, de hecho está fuera de su lugar? Pregunta a los primeros cien hombres que encuentres si hubieran elegido el trabajo que están haciendo o si continuarían en él, si fueran libres para escoger, y noventa y nueve admitirían que preferirían alguna otra ocupación. La necesidad y las ventajas materiales, o la esperanza de ellas, mantiene a la mayor parte de la gente en el lugar inadecuado.

Es razonable que una persona da lo mejor de sí misma cuando su interés se encuentra en su trabajo, cuando siente una atracción natural por él, cuando le gusta. Entonces será laborioso y eficiente. Las cosas que producía el artesano en los días antes del capitalismo moderno eran objetos de gozo y de belleza, porque el artesano amaba su trabajo. ¿Puedes esperar que el esclavo moderno en la fea y enorme fábrica haga cosas hermosas? Él es una parte de la máquina, una rueda dentada en la industria sin alma; su trabajo es mecánico, forzado. Añade a esto su sentimiento de que no está trabajando para sí mismo, sino para el beneficio de cualquier otro, y que él odia su trabajo o en el mejor caso no tiene interés alguno en él, excepto en cuanto que le asegura su salario semanal. El resultado es holgazanería, ineficiencia, pereza.

La necesidad de actividad es uno de los impulsos más fundamentales del hombre. Observa al niño y verás lo fuerte que es este instinto por la acción, por el movimiento, por hacer algo. Es un instinto fuerte y continuo. Lo mismo ocurre con el hombre sano. Su energía y vitalidad exige una expresión. Permítele que haga el trabajo que sea de su elección, la cosa que ama y su entrega no conocerá ni cansancio ni holgazanería. Puedes observarlo en el obrero cuando tiene la suficiente buena suerte de poseer un jardín o un trozo de terreno donde pueda cultivar flores u hortalizas. A pesar de estar cansado de su trabajo, disfruta con el trabajo más duro que él hace para su propio beneficio y que realiza por su propia elección.

Bajo el anarquismo cada uno tendrá la oportunidad de seguir cualquier ocupación que atraiga sus inclinaciones y aptitudes naturales. El trabajo se convertirá en un placer, en lugar de ser la esclavitud matante que es actualmente. Será desconocida la pereza, y las cosas creadas por interés y amor serán objetos de belleza y de gozo.

«¿Pero puede el trabajo convertirse alguna vez en un placer?», preguntas.

El trabajo actualmente es un esfuerzo desagradable, exhaustivo y aburrido. Pero ordinariamente no es el trabajo mismo lo que es duro; son las condiciones bajo las cuales estás obligado al trabajo lo que lo convierten en eso. Particularmente son las largas horas, los talleres malsanos, el mal trato, la paga insuficiente, etc. Sin embargo, el trabajo más desagradable se puede hacer más suave mejorando el entorno. Considera la limpieza del alcantarillado, por ejemplo. Es un trabajo sucio y pobremente pagado. Pero supón, por ejemplo, que conseguirías 20 dólares diarios en lugar de los 5 dólares por ese trabajo. Inmediatamente encontrarás tu trabajo mucho más ligero y agradable. El número de los que solicitan el trabajo crecerá de inmediato. Lo cual significa que los hombres no son perezosos, no se asustan ante el trabajo duro y desagradable, si está adecuadamente recompensado. Pero un trabajo así es considerado bajo y es menospreciado. ¿Por qué se le considera bajo? ¿No es de la máxima utilidad y absolutamente necesario? ¿No se ensañarían las epidemias con nuestra ciudad, a no ser por los que limpian las calles y las alcantarillas? Ciertamente, los hombres que mantienen limpia y en condiciones higiénicas nuestra ciudad son benefactores reales, más vitales para nuestra salud y bienestar que el médico de cabecera. Desde el punto de vista de la utilidad social el barrendero es el colega profesional del doctor; este último nos trata cuando estamos enfermos, pero el primero nos ayuda a mantenernos sanos. Sin embargo, el médico es considerado y respetado, mientras que se menosprecia al barrendero. ¿Por qué? ¿Por qué el trabajo del barrendero es un trabajo sucio? Pero el cirujano con frecuencia tiene que realizar trabajos mucho «más sucios». Entonces, ¿por qué se desprecia al barrendero? Porque él gana poco.

En nuestra perversa civilización se valoran las cosas de acuerdo con las medidas pecuniarias. Las personas que hacen el trabajo más útil se encuentran en lo más bajo de la escala social cuando su empleo está mal pagado. Si ocurriera algo, sin embargo, que tuviese como efecto el que el barrendero ganase 100 dólares diarios, mientras que el médico ganase 50, el «sucio» barrendero se elevaría inmediatamente en la estima y en la posición social, y de un «trabajador mugriento» se convertiría en un hombre muy solicitado de buenos ingresos.

Ves que es la paga, la remuneración, la escala del salario, y no el valor o el mérito, lo que actualmente, bajo nuestro sistema de ganancia, determina el valor del trabajo, lo mismo que el «valor» de un hombre.

Una sociedad sensata, bajo condiciones anarquistas, tendría pautas enteramente diferentes para juzgar tales asuntos. Se apreciaría entonces a la gente de acuerdo con su buena voluntad de ser socialmente útiles.

¿Puedes darte cuenta de los grandes cambios que produciría una nueva actitud así? Todos ansían el respeto y la admiración de los prójimos; es un tónico sin el que no podemos vivir. Incluso en la cárcel he visto cómo el carterista o el atracador, ansía el aprecio de sus amigos y cómo intenta con fuerza ganarse su buena estima. Las opiniones de nuestro círculo gobiernan nuestra conducta. La atmósfera social, hasta un grado profundo, determina nuestros valores y nuestra actitud. Tu experiencia personal te dirá hasta qué punto es esto verdad y, por consiguiente, no te sorprenderá cuando te diga que en una sociedad anarquista los hombres buscaran más el trabajo útil y difícil que el trabajo más suave. Si consideras esto, no tendrás más miedo de la pereza o de la holgazanería.

[...]

«Pero por muy ligero que hagas el trabajo, ocho horas al día de trabajo no es un placer», objeta tu amigo.
Tienes plenamente razón. ¿Pero te has detenido alguna vez a considerar por qué tenemos que trabajar ocho horas diarias? ¿Sabes que hasta no hace mucho tiempo la gente tenía que realizar el trabajo de un esclavo durante doce y catorce horas, y que eso es lo que sigue ocurriendo todavía en países atrasados como China e India?

Se puede probar estadísticamente que tres horas de trabajo al día, como máximo, es suficiente para alimentar, dar cobijo y vestido al mundo, y para satisfacer no sólo sus necesidades, sino también todas las comodidades modernas de la vida. La cuestión es que apenas uno de cada cinco hombres está realizando actualmente un trabajo productivo. El mundo entero está sostenido por una pequeña minoría de trabajadores.

En primer lugar, considera la cantidad de trabajo realizado en la sociedad presente y que se convertiría en innecesario bajo las condiciones anarquistas. Coge los ejércitos y las armadas del mundo, y piensa cuántos millones de hombres quedarán libres para un esfuerzo útil y productivo, una vez que quede abolida la guerra, como naturalmente sería el caso de la anarquía.

En cada país actualmente los trabajadores sostienen a los millones que no contribuyen en nada al bienestar del país, que no crean nada y que no realizan ningún trabajo útil de ninguna clase. Esos millones son tan sólo consumidores, sin ser productores. En los Estados Unidos, de una población de 120 millones hay menos de 30 millones de trabajadores, incluyendo a los campesinos. Una situación semejante es la regla general en cada país.

¿Es extraño que los trabajadores tengan que trabajar durante muchas horas, puesto que tan sólo hay 30 trabajadores de cada 120 personas? Las amplias clases de los negocios, con sus oficinistas, ayudantes, agentes y viajantes de comercio; los tribunales, con sus jueces, archiveros, alguaciles, etc.; la legión de los abogados con sus servidumbres; la milicia y las fuerzas de policía; las iglesias y los monasterios; las instituciones benéficas y las casas para pobres; las cárceles con sus guardianes, oficiales, vigilantes y la población convicta no productiva; el ejército de agentes de publicidad y sus ayudantes, cuyo negocio es persuadirte a que compres lo que no deseas o necesitas; sin hablar de los grupos numerosos que viven con lujo en un ocio completo. Todos estos se elevan a millones en cada país.

Ahora bien, si todos esos millones se dedicaran a un trabajo útil, ¿tendría el trabajador que fatigarse como un esclavo durante ocho horas diarias? Si treinta hombres tienen que dedicar ocho horas para realizar una tarea determinada, ¿cuánto menos tiempo llevaría si ciento veinte hombres realizaran lo mismo? No quiero cargarte con estadísticas, pero hay suficientes datos para probar que serían suficientes menos de tres horas diarias de esfuerzo físico para realizar el trabajo del mundo.

¿Puedes dudar de que incluso el trabajo más duro se convertiría en un placer, en lugar de una maldita esclavitud como lo es actualmente, si tan sólo se necesitasen tres horas diarias, y eso bajo las condiciones sanitarias e higiénicas más extremadas, en una atmósfera de hermandad y de respeto hacia el trabajo?

Pero no es difícil prever el día en que incluso esas pocas horas se reducirían todavía más, pues constantemente estamos mejorando nuestros métodos técnicos y, se inventa sin interrupción nueva maquinaria que ahorra trabajo. El progreso mecánico significa menos trabajo y mayores comodidades, como puedes ver comparando la vida en los Estados Unidos con la vida en China o en la India. En los últimos países trabajan muchas horas para conseguir satisfacer las necesidades más estrictas de la existencia, mientras que en América incluso el trabajador medio disfruta de un nivel de vida mucho más elevado con menos horas de trabajo. El adelanto de la ciencia y de los inventos significa más tiempo libre para las ocupaciones que nos agradan.

Hemos bosquejado en líneas generales las posibilidades de vida bajo un sistema sensato, donde quede abolida la ganancia. No es necesario descender a los detalles minúsculos de una situación social así; se ha dicho lo suficiente para mostrar que el anarquismo comunista significa el bienestar material más grande con una vida de libertad para todos y cada uno.

[...]

«¿Pero no significará la vida bajo la anarquía, con la igualdad económica y social, una nivelación general?», preguntas.

No, amigo mío, precisamente lo contrario. Pues la igualdad no significa una cantidad igual, sino igual oportunidad. No significa, por ejemplo, que si Smith necesita cinco comidas al día, Johnson tenga que tener también otras tantas. Si Johnson desea sólo tres comidas, mientras Smith necesita cinco, la cantidad que cada uno consume puede ser desigual, pero ambos son perfectamente iguales en cuanto a la oportunidad que cada uno tiene de consumir tanto como necesite, tanto como su naturaleza particular exija.

No cometas el error de identificar la igualdad en la libertad con la igualdad forzada de un campo de presidiarios. La verdadera igualdad anarquista implica libertad, no cantidad. No supone que cada uno tenga que comer, beber o vestir lo mismo, hacer el mismo trabajo o vivir de la misma manera. Muy lejos de eso; de hecho es exactamente lo contrario.

Las necesidades y los gustos individuales difieren, lo mismo que difieren los apetitos. Lo que constituye la verdadera igualdad es la oportunidad igual para satisfacerlos.

Lejos de nivelar, una igualdad así abre la puerta a la mayor variedad posible de actividad y de desarrollo. Pues el carácter humano es diverso y sólo la represión de esta diversidad tiene como resultado la nivelación, la uniformidad y la identidad. La libre oportunidad de expresar y hacer actuar tu individualidad significa el desarrollo de las desemejanzas y las variaciones naturales.
Puede consultarse la obra completa en la Biblioteca Virtual Conciencia Libertaria.

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